Se autodefine como el tren expreso más lento del mundo, y esa paradoja es su encanto. Cruza 291 puentes, 91 túneles y el paso de Oberalp, el punto más alto del trayecto, a más de dos mil metros. Las ventanas inmensas convierten cada minuto en cine. Reserva asientos con antelación, considera menú a bordo y deja tiempo al final para pasear por calles elegantes o senderos cercanos según la estación.
Inscrito en la lista de la UNESCO, recorre la línea retica y asciende sin cremallera hasta el puerto de Bernina, mostrando lagos turquesa y glaciares próximos. El viaducto helicoidal de Brusio despierta sonrisas y cámaras. Cambios sutiles de altitud transforman el paisaje y la respiración. Pide asientos en la parte soleada según la hora, lleva capas de abrigo y contempla cómo el tren dibuja curvas que parecen caligrafía sobre montañas antiguas.
Un hilo brillante conecta Montreux con Interlaken atravesando viñedos, prados, chalets de madera y pasos que regalan horizontes. Algunos coches recrean estética Belle Époque, invitando a un viaje sensorial hecho de madera pulida, reflejos dorados y té humeante. Planea paradas en pueblos intermedios, busca miradores poco conocidos y deja que la música local, quizá un acordeón en una plaza, acompañe la llegada del atardecer sobre el lago.
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